El objeto más importante de Japón lleva mil años sin que nadie lo vea
En un barrio del sur de Nagoya hay un bosque urbano de unas veinte hectáreas por el que pasan más de dos millones de personas durante los primeros días de cada año. Dentro hay un edificio cerrado, y dentro de ese edificio se guarda uno de los tres objetos que legitiman al emperador de Japón. Se llama Kusanagi-no-Tsurugi, es una espada, y desde hace unos mil trescientos años nadie tiene permiso para mirarla. Tampoco los sacerdotes que la custodian. Tampoco el emperador el día de su entronización. El santuario de Atsuta reconoce que la tiene y no la enseña, y esa negativa sostenida durante siglos la ha vuelto más interesante que cualquier pieza de museo.
¿Qué es exactamente la espada Kusanagi?
Es uno de los Tres Tesoros Sagrados que en la tradición japonesa acreditan al soberano. Los otros dos son un espejo y una joya. El espejo se guarda en Ise y la joya en el palacio de Tokio, de manera que los tres están repartidos por el país y ninguno de ellos llega a exhibirse nunca. En las ceremonias imperiales aparecen dentro de cofres cerrados que nadie abre delante de nadie, así que lo que pasa de un emperador al siguiente son esos bultos envueltos.
De dónde salió la espada lo cuenta el mito más antiguo del país, el de Susanoo y la serpiente de ocho cabezas. Da la casualidad de que ese relato ancla en un valle de Shimane donde durante siglos se hizo el acero más apreciado de Japón, y los estudiosos leen la serpiente como el río cargado de arena ferruginosa y la espada como el metal que de él salía. Esa historia la contamos al recorrer la ruta del acero por Okuizumo, que es donde tiene paisaje y horno. Aquí interesa la otra mitad: qué ocurrió con la espada cuando dejó de ser un símbolo y pasó a ser un objeto que alguien tenía que guardar en algún sitio.
El robo que lo cambió todo
Durante un tiempo estuvo bastante menos protegida de lo que cabría esperar. En el año 668 un monje llegado del reino coreano de Silla entró en el santuario y salió con ella escondida en el hábito camino de la costa para embarcarla rumbo a la península. La versión que ha llegado hasta nosotros cuenta que una tormenta le impidió zarpar y que así fue como se recuperó la espada. Lo que ya no ocurrió fue devolverla a Atsuta porque se quedó en la corte imperial.
Lo que ocurrió después es la parte que fijó la costumbre. Dieciocho años más tarde el emperador Tenmu cayó enfermo y una adivinación señaló a la espada como causa de la dolencia. La devolvieron a Atsuta aquel mismo mes del año 686 con la esperanza de aplacarla y Tenmu murió igualmente tres meses más tarde. El robo primero y la muerte después dejaron instalada una idea que ya no se ha movido en trece siglos. La Kusanagi no debe verse ni tocarse y quien lo intenta acaba pagándolo.
El día que cuatro sacerdotes miraron dentro
Un texto del siglo XVII convierte esto en algo más que una prohibición ceremonial. El sacerdote Tamaki Masahide recogió en su Gyokusen-shū Uragaki (玉籤集裏書) que durante unas obras en el santuario cuatro o cinco sacerdotes del linaje que lo administraba se las arreglaron para mirar la espada.
Y la describieron. Dijeron que medía dos shaku y siete u ocho sun de largo y que la punta tenía forma de hoja de lirio. Hacia el centro la hoja se levantaba y los primeros dieciocho centímetros desde la base se veían segmentados como el espinazo de un pez. Anotaron también que era blanquecina y que no tenía nada de óxido.

El final del episodio es el que cabía esperar dado lo que se creía. Al gran sacerdote lo desterraron, y de los demás se cuenta que fueron muriendo uno tras otro de una enfermedad atribuida al castigo de la espada. La tradición salva a uno solo del grupo.
Dejando el castigo a un lado, lo revelador de esa descripción es que existe una segunda versión incompatible con ella. Después de la guerra el arqueólogo Gotō Moriichi mencionó en sus clases otro relato según el cual los sacerdotes habrían visto una hoja azulada y oscura. Eso apuntaría a bronce y no al metal rojizo que otros suponían. Tenemos entonces dos testimonios contradictorios sobre el mismo objeto y ninguna manera de decidir cuál acierta. Es la consecuencia exacta de trece siglos de secreto, porque lo único que ha llegado hasta nosotros son descripciones de segunda mano que ni siquiera coinciden en el color.
Agosto de 1945: el mes en que la espada se movió
La última vez que la Kusanagi salió de Atsuta fue en circunstancias que dan la medida de lo que significa para el país. En marzo de 1945 los bombardeos sobre Nagoya arrasaron buena parte del recinto. Con la guerra perdida y la ocupación a las puertas, el 21 de agosto de aquel año la espada fue trasladada con ayuda del ejército al santuario Minashi de Hida Ichinomiya, en la montaña. Volvió a Atsuta el 19 de septiembre, apenas un mes después.
La escena da que pensar. En un país que acababa de rendirse y donde todo estaba por decidirse hubo quien dedicó recursos militares a poner a salvo un objeto que ninguno de los implicados había visto nunca. La operación consta en los registros del santuario. Qué se movió exactamente aquel día más allá del cofre sigue fuera del alcance de cualquier comprobación.
Por qué el secreto es el sentido
A un visitante occidental esto le resulta desconcertante. Estamos acostumbrados a que las coronas y los cetros se enseñen en vitrinas bien iluminadas y a que el prestigio de un objeto crezca cuanto más se muestra. En el sintoísmo funciona al revés porque el shintai (神体) es el objeto en el que reside la deidad y se entiende como una presencia que se aloja más que como una obra que se contempla. Mirarla sería reducirla a materia. Su valor está en la continuidad de un culto que lleva casi dos milenios sin interrumpirse y no en el metal de la hoja.
Ahí aparece la pregunta que a todo el mundo le ronda y que es si dentro del cofre hay realmente una espada antigua o cualquier otra cosa. La respuesta honesta es que no se sabe y que nadie va a comprobarlo. Conviene entender que para la tradición que la sostiene la pregunta está mal planteada. Lo que se ha transmitido de generación en generación es el hecho mismo de custodiar el cofre sin abrirlo y ahí el peritaje del metal sobra. El objeto más importante del país es el que nadie puede examinar, y eso define su importancia en lugar de ponerla en duda.
Ir a Atsuta
El santuario está en Nagoya y queda a diez minutos a pie de la estación de Jingū-mae. Se entra por un bosque de alcanforeros con ejemplares de varios siglos que sorprende encontrar en plena ciudad y se camina hasta el edificio principal donde la gente se detiene un momento y hace una reverencia antes de marcharse. Detrás de esas puertas está la espada. No hay ninguna indicación que lo señale ni ningún cartel que lo explique.

El santuario tiene además un museo con cientos de hojas donadas a lo largo de los siglos, algunas espléndidas y algunas catalogadas como bienes culturales importantes. Se pueden ver todas. La única que no se expone es la que ha llevado allí a los visitantes, y esa asimetría de un museo entero de espadas visibles alrededor de la única invisible resume el lugar mejor que cualquier folleto.
Si lo que te ha traído hasta aquí es el hilo del acero, el recorrido continúa en la ruta por Okuizumo. Allí empieza el mito de la espada y allí sigue funcionando el horno tradicional del que salía el metal.
