Cultura y oficio

Los dos hombres que sostienen el apellido Masamune sin llevarlo

Equipo editorial de Hamono Magazine · 23 de septiembre de 2026

Manos de un herrero sujetando con tenazas una hoja al rojo sobre el yunque en la penumbra de una forja tradicional japonesa, sin que se le vea el rostro

En diciembre de 2023 murió Yamamura Tsunahiro a los ochenta años, y con él se fue el vigésimo cuarto eslabón de una cadena que empezó a principios del siglo XIV. Su taller de Kamakura sigue abierto. El yunque sigue sonando por las mañanas. Lo que cambió es quién lo golpea: dos hombres que aprendieron el oficio con él y que no tienen ninguna relación de sangre con la familia. El hijo de Tsunahiro, que sí la tiene, dirige hoy un templo budista en Honolulu.

Contado así parece el final de algo. Visto de cerca es más interesante, porque obliga a preguntarse qué se hereda exactamente cuando se hereda un oficio de setecientos años.

De dónde viene un apellido que en realidad es un regalo

El fundador de la casa es Gorō Nyūdō Masamune, que trabajó en Kamakura cuando la ciudad era la capital militar del país y al que la tradición sitúa en la cumbre de la forja japonesa. De su mano se conservan muy pocas hojas con atribución segura, y esa escasez explica que una de ellas se vendiera en 2020 por más de un millón de dólares. Hasta aquí, la historia que cuenta todo el mundo.

Lo que se cuenta menos es que el nombre con el que hoy firma la casa no es el suyo. Cinco generaciones después del fundador, un descendiente llamado Hiromasa entró al servicio del clan Hōjō de Odawara, y el señor Ujitsuna le concedió un carácter de su propio nombre, el tsuna (綱), que unido al que ya llevaba dio Tsunahiro. Desde entonces cada cabeza de la casa ha ido tomando ese nombre al heredar el taller, así que funciona menos como apellido que como cargo: algo que un señor feudal concedió hace casi cinco siglos y que se traspasa con la fragua.

Entender eso cambia la lectura de lo que pasó en 2023. Lo que estaba en juego era el derecho a seguir firmando con un nombre que la familia recibió prestado de un señor feudal y acabó convirtiendo en oficio.

Tres años cortando carbón antes de tocar el acero

El propio Tsunahiro contó cómo se entra en este trabajo en una entrevista de diciembre de 2017, cuando tenía setenta y cuatro años. En el gremio hay una expresión para la primera fase del aprendizaje, sumikiri san-nen, que significa literalmente tres años cortando carbón, y describe lo que hace el aprendiz mientras no se le deja tocar el acero, que es partir carbón vegetal al tamaño exacto que necesita la fragua y limpiar el horno y el taller. Él lo vivió así de joven, y así intentó enseñar a su hijo.

Cesto de bambú lleno de carbón vegetal partido junto a un yunque frío en una forja japonesa tradicional, con la fragua apagada y cubierta de ceniza al fondo

El taller antes de encenderse. El aprendiz pasa por este cesto durante años antes de que le dejen acercarse al acero.

En esa misma entrevista explicó por qué la casa había durado tanto, y su respuesta no tenía nada de romántica. En la época de Kamakura, dijo, lo normal era que un linaje de forjadores aguantara tres generaciones; los suyos sobrevivieron porque supieron ponerse al servicio de señores poderosos. Setecientos años de continuidad resumidos en una cuestión de saber a quién servir.

Del trabajo en sí daba cifras igual de secas. La ley japonesa limita a cada forjador con licencia a dos espadas al mes, y él calculaba que de cada cinco hojas que sacaba, tener una buena ya era un buen resultado. Con ese ritmo, una vida entera de trabajo cabe en unas pocas vitrinas.

El heredero que se fue a cantar ópera

Cuando en 2017 le preguntaron por la sucesión, Tsunahiro respondió sin rodeos que tenía un hijo pero no había salido, que le puso a cortar carbón y se le escapó, y que ahora es monje en Hawái.

La respuesta es más literal de lo que parece, porque ese hijo, Takamasa, dirige hoy el templo Myōhōji de Honolulu, y antes de tomar los hábitos había sido cantante de ópera, según cuenta en un foro especializado un aficionado que vive allí y le conoce. Con ese dato la historia cambia de forma. Habla de alguien que probó el yunque de niño, vio que no le encajaba, se fue a cantar y acabó al frente de un templo budista a diez mil kilómetros de la fragua de su padre.

El propio taller tampoco lo trata como una tragedia. La jefatura de la casa la heredó Yamamura Naomasa, sacerdote de la escuela Nichiren, así que el nombre y el linaje siguen en la familia, y lo que salió de ella fue el martillo.

Quiénes golpean hoy el yunque

Tres delantales de cuero curtido colgados de ganchos de hierro en la pared de madera oscura de una forja japonesa, con martillos y tenazas ordenados en el banco de debajo

El de la derecha lleva más años parado que los otros dos. El taller sigue abriendo igual.

Los dos forjadores que mantienen la fragua encendida son Motegi Kazuhiro (茂木一廣) y Mori Mitsuhiro (森光廣), discípulos de Tsunahiro. Si te fijas en cómo se escriben sus nombres de artesano, los dos terminan en el mismo carácter, 廣, el que lleva Tsunahiro. Es la costumbre del gremio: el maestro cede un carácter de su nombre al discípulo que considera formado, exactamente igual que hizo con Hiromasa aquel señor de Odawara en el siglo XVI. La transmisión que hoy parece excepcional es, en realidad, el mismo mecanismo con el que nació el nombre.

Eso es lo que hace que la historia se lea como una continuidad. En un oficio donde el aprendizaje empieza con tres años de carbón y donde salen cuatro hojas fallidas de cada cinco, la vía sanguínea garantiza poco, porque la sangre no da ni la paciencia ni la mano. Lo que sí las da es mirar durante años a alguien que ya sabe, que es la misma idea que defendemos al hablar del togishi, el afilador que saca el filo en la piedra: hereda el que se queda.

El taller, que se llama Masamune Kōgei, tampoco vive solo de espadas, porque aplica las mismas técnicas a cuchillos de cocina y a herramientas de corte. Así han sobrevivido tantas casas de forja japonesas desde que la espada dejó de tener uso, y es la misma conversión que recorre el valle donde hoy se fabrica buena parte de la cuchillería del país, la que explica que un oficio de guerra acabara en la tabla de cortar.

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La forja está en Onari-machi 13-29, a unos tres minutos andando de la estación de Kamakura, y abre de once a cuatro. Es de los poquísimos talleres de forja visitables que quedan en Japón y el único de la ciudad, así que si alguna vez pasas por allí, la ruta del cuchillo por Kamakura empieza justo en esa puerta y sigue por los templos que levantó el shogunato, con los horarios y la forma de llegar desde Tokio.

Lo que se oye al entrar es un martillo, y quien lo sujeta no se apellida Masamune. Probablemente ese sea el detalle más fiel a los setecientos años que lleva sonando.