Okinawa, el reino que compraba su hierro
Todas las paradas de esta ruta cuentan una tierra que sacó el filo de su propio suelo. Okinawa no puede contar eso porque su suelo no tiene hierro. Es un archipiélago de coral que queda más cerca de Taipéi que de Tokio, y durante siglos fue un reino independiente que compró fuera cada clavo y cada hoja que necesitó. La prueba está en una crónica china de 1376. Un enviado del emperador volvió con un informe que aún sorprende: allí no apreciaban las sedas ni los brocados, solo la cerámica y los calderos de hierro. La corte más rica de Asia les ofrecía seda y ellos querían metal.
Eso cambia también la forma de recorrer la isla. Aquí no hay barrio cuchillero que pasear ni museo del filo donde entrar, así que quien venga buscando otra Sakai se irá con las manos vacías. Lo que hay es una historia más rara. Un reino que aprendió a forjar sin tener con qué, una guerra que en 1945 le llenó el suelo del acero que nunca tuvo, y tres herreros que siguen encendiendo la fragua ochenta años después.
Y hay una diferencia con el resto de la colección que conviene decir de entrada. A Sakai se llega en doce minutos desde Osaka y a Kamakura en menos de una hora desde Tokio, así que son ciudades para una excursión de ida y vuelta. Okinawa está a dos horas y media de avión, así que aquí se viene a quedarse unos días. Con tres o cuatro da tiempo a verla sin ir corriendo, y en estas páginas la contamos así, repartida en jornadas y con base en Naha.
Cómo llegar y cómo repartir los días
El viaje empieza en el aeropuerto, porque a Okinawa solo se llega en avión o en barco. No hay shinkansen ni conexión ferroviaria con el resto del país, sencillamente porque esto es una isla. Son dos horas y media desde Tokio y unas dos desde Osaka, con vuelos diarios de JAL, ANA y varias compañías de bajo coste. Hay también un ferry desde Kagoshima que tarda unas veinticinco horas cruzando las islas Amami, y quien tenga margen y ganas de mar lo encontrará un viaje memorable por sí mismo.
Un apunte que casi ninguna guía en español da y que ahorra dinero de verdad: el Japan Rail Pass no cubre Okinawa, porque en la prefectura no opera ninguna compañía del grupo JR. Si el viaje encadena Tokio, Kioto y Okinawa, lo eficiente es activar el pase para los tramos de Honshū y dejar los días de isla fuera de su ventana. Bien cuadrado, se aprovecha entero.
Una vez aquí, la base natural es Naha. Para moverse por ella está el Yui Rail, el único ferrocarril de toda la prefectura, con diecinueve estaciones que enlazan el aeropuerto, el centro y la colina de Shuri. El billete va de 250¥ (1,52€) a 390¥ (2,37€) según la distancia, y el pase de día cuesta 1.000¥ (6,09€) y sale a cuenta en cuanto haces tres trayectos. Tiene un detalle cómodo: vale veinticuatro horas reales desde que se compra, así que cogido a media tarde llega hasta la tarde siguiente. Y ojo con una cifra que circula por media internet, porque el precio de 800¥ (4,87€) está caducado y la tarifa oficial es de 1.000¥ (6,09€).
El monorraíl cubre Naha y hasta ahí llega, porque fuera de ese eje de diecisiete kilómetros la isla se recorre en coche. Alquilar sale entre 5.000¥ (30,45€) y 13.500¥ (82,20€) al día según el modelo, y lo práctico es cogerlo el segundo día, cuando empiezan las salidas fuera de Naha. Las distancias son cortas, la conducción es tranquila y se para donde apetece. Quien prefiera no conducir tiene el Okinawa Airport Shuttle, que sube por la costa oeste con veintidós servicios diarios. Y hay una red de autobuses que llega a casi todo, con transbordos y más calma.
Con eso resuelto, la isla se reparte sola en jornadas. El primer día, Naha y Shuri, que se hacen andando y en monorraíl, con el castillo por la mañana y el museo prefectural por la tarde. El segundo, el sur, donde caben la fragua de Nanjō y el museo de la paz de Itoman, con el taller de vidrio de camino. El tercero, el centro y el norte, con el castillo de Nakagusuku, el de Katsuren y, si el día viene largo, la fragua de Ginoza. Y si hay un cuarto día, aquí es donde entra el Okinawa que sale en las postales, las playas del norte y el acuario de Churaumi. Cuenta unas dos horas de ida y otras dos de vuelta desde Naha, y hazlas por la autopista de peaje: la carretera de la costa es más bonita, pero atraviesa toda la conurbación con semáforos y se come la mañana.
Para conducir hacen falta dos cosas, y las dos se resuelven antes de salir de España. La primera es el permiso internacional, que se pide en Tráfico. Al tramitarlo conviene fijarse en el formato, porque en Japón vale la libreta de papel y no la versión de tarjeta ni la del móvil. La segunda es hacerse a la idea de que se circula por la izquierda, cosa que aquí tiene su propia historia. Bajo administración estadounidense la isla iba por la derecha, y volvió a la izquierda el 30 de julio de 1978, en una operación que todavía se recuerda como nana-san-maru, el 730.
El castillo que ha ardido cinco veces
El corazón político de aquel reino está en una colina de Naha y se llama Shuri, a un paseo del centro y con parada propia de monorraíl. Desde la estación hay dos caminos: seis minutos por la ruta corta, que entra por la puerta Kyukeimon, o quince por la escénica, que entra por la Shureimon de las fotos. Con la mañana entera por delante, la segunda merece los nueve minutos de más.
El castillo ardió la madrugada del 31 de octubre de 2019 y se llevó por delante seis edificios, entre ellos el salón principal, el seiden. La causa nunca llegó a determinarse, y tampoco era la primera vez que pasaba. El seiden ha ardido cinco veces desde el siglo XV: en 1453, 1660, 1709, durante la batalla de 1945 y otra vez en 2019, así que el que se levanta ahora es el sexto.
Aquí está la razón de publicar esta ruta ahora. El salón principal reabre el 23 de noviembre de 2026, siete años y veintitrés días después del incendio. La ceremonia es el día anterior y el público entra a partir del mediodía. Ese día cambian dos cosas que conviene llevar apuntadas. La entrada pasa de 400¥ (2,44€) a 1.000¥ (6,09€), y para pasar al interior del seiden hará falta reserva previa en franjas de media hora, que se saca por internet sin coste adicional. Las reservas se abren por tandas en la web del parque; sin reserva se puede recorrer el resto del recinto, pero no se pasa dentro.
Si has leído sobre el castillo en otras guías, un apunte para que no cuadres el viaje por eso. La plataforma desde la que se veía trabajar a los artesanos cerró en junio de 2025, y la cubierta provisional ya está desmontada. Lo que se ve ahora es el edificio terminado por fuera.
Hay una cosa que suele contarse mal y que da la medida del sitio. Lo que la Unesco inscribió en el año 2000 es el yacimiento arqueológico que hay debajo de los edificios. Son los restos del basamento, sellados bajo una capa de tierra estéril para protegerlos de la reconstrucción levantada encima. Por eso el incendio destruyó el castillo sin que Okinawa perdiera su Patrimonio Mundial. Retiraron los restos calcinados y volvieron a cubrir el yacimiento, que era lo protegido y seguía intacto.
Bajo esa misma colina se excavó durante la guerra el cuartel general del 32.º Ejército japonés, casi un kilómetro de galerías a treinta metros de profundidad. Por eso Shuri fue objetivo prioritario de la artillería estadounidense y quedó arrasado en 1945. No se puede visitar: el terreno es inestable y la prefectura sigue estudiando cómo conservarlo.
El hierro que llegaba por mar, y el que llegó cayendo
A un cuarto de hora en monorraíl, en Omoromachi, el Museo Prefectural de Okinawa guarda la pieza que explica el sitio entero. Es la campana Bankoku Shinryō, fundida en 1458 por orden del rey Shō Taikyū, con una inscripción que llama a Ryūkyū "el puente entre las diez mil naciones". Pesa 721 kilos, conserva las cicatrices de la batalla de 1945, y su historia refuerza justo lo que veníamos contando: la fundió un artesano de la escuela Ashiya, de Chikuzen, en Kyushu. Tecnología y maestro importados, como el metal.
El museo abre de nueve a seis, hasta las ocho los viernes y sábados, cierra los lunes, y la entrada a la sala permanente cuesta 530¥ (3,23€).
Que no hubiera mineral no significa que no hubiera fragua, y esto es importante para no contar la historia a medias. En las excavaciones del Goeku Gusuku aparecieron escoria de hierro, toberas de fuelle y yunques de piedra: importaban el material y lo trabajaban aquí. Es más, mientras compraban calderos a China, revendían espadas japonesas al mercado chino, donde se pagaban bien. Ryūkyū no fue un cliente pasivo, fue un intermediario.
El hierro llegaba por dos rutas. La del norte traía el acero de arena japonés que sale de los hornos tatara que todavía se encienden en los valles de Okuizumo, y la del oeste, el metal chino del comercio tributario. Si quieres entender de dónde venía ese material y cómo se hace, lo contamos en tamahagane, el acero que nace en un horno de barro.
Y hay una palabra que conviene llevarse de aquí. Al herrero, en okinawense antiguo, se le llamaba kaniman, el que trata con el metal. En una tierra donde el hierro escaseaba y lo controlaba la corona, el oficio se consideró tan vital que acabó divinizado. Por la isla hay lugares de culto llamados kaniman utaki donde se venera al herrero como dios de la agricultura, porque hizo los aperos que dieron de comer. Uno de ellos ya aparece citado en una crónica de 1713.
Las tres fraguas que siguen encendidas
Y llegamos al segundo hierro, el que no compró nadie. La batalla de Okinawa de 1945 se conoce aquí como tetsu no bōfū, la tempestad de acero, y cuando terminó la isla había quedado sembrada de metal. Recogerlo estuvo prohibido al principio, porque era propiedad del ejército estadounidense, hasta que en 1953 se autorizó la exportación privada y estalló lo que se llamó el boom de la chatarra. En 1956, su año pico, la chatarra exportó cerca del doble que el azúcar, que hasta entonces era la economía de la isla.
Conviene decir la otra mitad, porque el relato pintoresco se la salta: hubo muertos y mutilados manipulando munición sin explotar. Es el único estudio académico sobre aquello el que lo subraya, y no contarlo sería faltar a la verdad del sitio.
De aquel metal vive todavía el oficio. En Ginoza, al norte, la fragua Kaniman no compra acero: lo rescata, y elige la pieza según la tarea que va a hacer el filo. Las ballestas de suspensión de coche acaban en nata, el machete de monte, porque aguantan el golpe descendente. Las uñas de tractor van a la desbrozadora, porque resisten la abrasión. Y las cuchillas de las cosechadoras de caña de azúcar renacen convertidas en cuchillos de cocina. Los mangos salen de maderas de la isla, pino de Ryukyu entre ellas. Abre con horario irregular y conviene llamar antes al 098-968-8459.
En Nanjō, al sureste, está el taller Kane Kōbō, el único forjador de sable de la prefectura. Su maestro aprendió el oficio durante diez años en Nagano antes de instalarse aquí. Su rasgo propio es un cruce que no existe en ninguna otra parte: sus hojas se acaban con laca ryukyuense, que aplica su mujer, también artesana. Está en Ōzato 1682-1, abre de diez a cinco con cierre irregular y la visita se concierta por teléfono en el 098-945-9297.
La tercera queda fuera de esta ruta, en la isla de Ishigaki, a cuatrocientos kilómetros y otro vuelo de distancia, pero es la que más dice de cómo está el oficio. La calle donde trabaja se llama kanjaya dōri, la calle de los herreros, porque llegó a tener siete u ocho fraguas cuando en la isla había unas veinte. Hoy queda una. Su maestro pasa de los setenta y no consta que tenga sucesor, así que no publicamos aquí sus datos de contacto: son los de una casa particular y no están confirmados por ninguna fuente oficial.
Que esto pase tiene una explicación administrativa que sorprende. Okinawa tiene dieciséis artesanías reconocidas por el Estado japonés y doce de ellas son textiles. El resto se reparte entre la cerámica, la laca, el vidrio y el sanshin, sin que exista ni una sola categoría de metal. Así que el herrero okinawense trabaja sin denominación protegida, sin ayudas de artesanía tradicional y sin el paraguas institucional que en Sakai o en Seki sostiene el oficio.
El vidrio que salió de las botellas
Lo que al hierro le faltó, el vidrio lo tuvo. Hacia 1947, en el barrio de Yogi de Naha, unos vidrieros que ya trabajaban antes de la guerra empezaron a fundir las botellas de Coca-Cola y de cerveza que dejaban las bases estadounidenses. No había otra materia prima. El vidrio salía lleno de burbujas e imperfecciones por los restos de etiqueta y suciedad, y en vez de descartarlo lo asumieron como rasgo propio. Hoy esa burbuja es el sello del vidrio de Ryukyu.
Los colores vienen de la botella de origen: el marrón de las de cerveza, el azul pálido de las de litro, el verde de las de refresco. En 1998 se declaró artesanía tradicional de la prefectura, y se puede ver trabajar a los sopladores en la Ryukyu Glass Village de Itoman, que abrió en 1985 y tiene entrada gratuita. Un apunte para el comprador: solo alrededor del treinta por ciento de la producción actual usa vidrio reciclado, así que no todo lo que se vende con ese nombre viene de una botella.
Es el mismo mecanismo que el del acero, contado con otro material. Una ocupación militar dejó desechos y alguien los convirtió en oficio.
De camino: castillos, monedas romanas y una piedra que crece
La isla tiene cinco castillos gusuku en la lista de la Unesco y dos merecen el rodeo. El Nakagusuku conserva seis recintos y murallas de caliza coralina de más de diez metros, con tres técnicas de cantería distintas que se distinguen en un mismo paseo. La expedición del comodoro Perry levantó sus planos en 1853 y elogió la obra. Abre de ocho y media a cinco, hasta las seis de mayo a septiembre, y cuesta 500¥ (3,05€). En sus excavaciones, por cierto, apareció un taller de forja.
El de Katsuren, en Uruma, se levanta sobre un promontorio con el mar a los dos lados. En su cuarto recinto aparecieron diez monedas de cobre, cuatro de ellas del Imperio Romano de los siglos III y IV, halladas en 2013 y anunciadas en 2016. Es la primera vez que se encuentran monedas romanas en Japón. Cómo llegaron hasta aquí sigue sin saberse, y la hipótesis razonable apunta al comercio marítimo de los siglos XIV y XV, cuando estas islas trataban con medio Asia.
Y hay una parada que no es de hierro pero que ningún viajero debería saltarse. En el extremo sur, en Itoman, el Parque Conmemorativo de la Paz guarda el monumento llamado la Piedra Angular de la Paz, inaugurado en 1995 al cumplirse cincuenta años de la batalla. Inscribe los nombres de todos los muertos, sin distinguir nacionalidad ni si eran militares o civiles: japoneses, okinawenses, coreanos, taiwaneses, británicos y catorce mil estadounidenses, todos en la misma piedra. A junio de 2026 van 242.659 nombres, y la cifra sube cada año porque se siguen identificando muertos ochenta años después. El museo abre de nueve a cinco y cuesta 300¥ (1,83€).
Dónde comer
La cocina de aquí no es la japonesa del continente y se nota desde el primer plato. El okinawa soba es el emblema, y tiene un litigio detrás. Está hecho con harina de trigo amasada con agua alcalina, sin rastro de alforfón, así que en 1976 la Comisión de Comercio Justo prohibió que se llamara soba. El presidente de la cooperativa de fideos se plantó en Tokio a pelearlo y ganó en 1978, cuando se aprobó la denominación como excepción. Desde entonces el 17 de octubre es el Día del Okinawa Soba.
El cerdo manda, y también viene de fuera. Llegó de Fujian en el siglo XV, pero se popularizó con las embajadas imperiales chinas que venían a investir al rey. Eran delegaciones de cuatrocientas o quinientas personas que se quedaban medio año, y para las que se sacrificaban unos veinte cerdos al día. De ahí salen el rafute, panceta guisada con awamori y soja que era plato de la corte, y el mimiga, oreja en juliana fina. Del lado americano quedó el taco rice, que inventó un tabernero en 1984 frente a la puerta del Camp Hansen. A los marines ya no les daba el sueldo y le pedían platos de menos dinero.
Para comer, la zona manda sobre el restaurante. El Mercado Makishi reabrió en marzo de 2023 tras cuatro años de obras. Funciona con un sistema que llaman mochiage: compras el género en la planta baja, subes con él a la primera y allí te lo cocinan, pagando aparte la preparación. Cierra el cuarto domingo de cada mes, y ojo con la hora, porque las últimas comandas son a las ocho aunque el edificio abra hasta las diez. Para cenar sin turistas, el mercado de Sakaemachi, junto a la estación de Asato, es de día un mercado de barrio y al caer la tarde levanta las persianas convertido en zona de tabernas.
Hay un dato sobre esta mesa que suele contarse a medias. Okinawa fue famosa por su longevidad, y los datos oficiales japoneses dicen hoy que sus hombres han caído al puesto 43 de 47 prefecturas. Pero el desglose por edades cuenta otra cosa: a los setenta y cinco años los hombres de Okinawa siguen siendo los segundos de Japón, y son los jóvenes los que están abajo. Un estudio publicado en 2024 lo sitúa en una línea divisoria muy clara, la guerra. Los nacidos antes viven excepcionalmente y los nacidos después menos que la media japonesa, y el estudio apunta a la occidentalización de la dieta durante y tras la ocupación. Los abuelos de Okinawa siguen siendo los más longevos del país. Sus nietos, no.
Antes de dejar la isla
Después de tres o cuatro días aquí te llevas algo distinto de lo que dan las otras paradas de esta ruta. En Tosa el filo nació del bosque y en Tanegashima llegó en un barco portugués, pero las dos tenían de dónde sacar el metal. Okinawa no lo tuvo nunca y aun así hizo un oficio. Primero comprando calderos a la China Ming, después venerando al herrero como a un dios que daba de comer, y por último recogiendo del suelo la chatarra de la guerra. Sigue habiendo hoy quien enciende la fragua con una ballesta de coche.
Hay un objeto que resume todo esto mejor que cualquier explicación, y está catalogado como Tesoro Nacional de Japón. Se llama Chatan Nakiri, es del siglo XV y pertenecía al tesoro de la casa real Shō. Su nombre lo delata, porque nakiri es el cuchillo de verduras, el mismo que hoy se vende en cualquier tienda, y la tradición cuenta que esta hoja nació como uno de cocina antes de que la reforjaran en espada corta. Que esa historia sea leyenda o memoria no cambia lo que dice del sitio: en una isla donde el hierro había que comprarlo, el metal valía demasiado para dejarlo morir en su primer oficio.
Puedes recorrer la colección entera desde el índice de rutas y hacerla tuya en el orden que quieras.
Datos prácticos
Oficina de Turismo del Aeropuerto de Naha
Primera parada al aterrizar. Información, mapas y venta de billetes de autobús y atracciones.
- Dirección
- Kagamizu 150, Naha, Okinawa · planta 1 de la terminal doméstica
- Horario
- 9:00–21:00 · abierto todo el año
- Venta de billetes
- Hasta las 18:00, aunque la oficina siga abierta
- Idiomas
- Japonés, inglés, chino y coreano
- Teléfono
- 098-857-6884
Castillo de Shuri
El corazón del reino de Ryūkyū. El salón principal reabre el 23 de noviembre de 2026, con reserva previa obligatoria para entrar dentro.
- Dirección
- Shurikinjōchō 1-2, Naha, Okinawa (〒903-0815)
- Cómo llegar
- Monorraíl Yui Rail hasta Shuri · 6 min a pie por la ruta corta, 15 por la escénica
- Horario
- Zona de pago 8:30–19:00 (abr–nov) · 8:30–18:00 (dic–mar)
- Entrada
- 400¥ (2,44€) hasta el 22/11/2026 · 1.000¥ (6,09€) desde el 23/11
- Reserva
- Obligatoria para el interior del salón principal, en franjas de 30 min
- Web
- oki-park.jp
Museo Prefectural de Okinawa
Donde se entiende el reino: la campana Bankoku Shinryō de 1458 y la historia del comercio que traía el hierro.
- Dirección
- Omoromachi 3-1-1, Naha, Okinawa (〒900-0006)
- Cómo llegar
- Monorraíl Yui Rail hasta Omoromachi · 10-15 min a pie
- Horario
- 9:00–18:00 · viernes y sábados hasta las 20:00 · cierra los lunes
- Entrada
- Desde 530¥ (3,23€) la sala permanente
- Teléfono
- 098-941-8200
- Web
- okimu.jp
Kane Kōbō · el forjador de sable
El único taller de forja de sable de la prefectura. Sus hojas se acaban con laca ryukyuense.
- Dirección
- Ōzato 1682-1, Nanjō, Okinawa
- Horario
- 10:00–17:00 · cierre irregular
- Visita
- Con reserva previa por teléfono
- Teléfono
- 098-945-9297
- Web
- kankou-nanjo.okinawa
Fragua Kaniman · el herrero de la chatarra
Forja con ballestas de coche, uñas de tractor y cuchillas de cosechadora. Cuchillos de cocina, nata y hoces.
- Dirección
- Matsuda 2629-10, Ginoza, Kunigami (〒904-1301)
- Horario
- Mañana y tarde, con cierre irregular
- Visita
- Llamar antes · también se vende en el michi-no-eki de Ginoza
- Teléfono
- 098-968-8459
- Web
- ginozanavi.com
Ryukyu Glass Village
El vidrio que nació de fundir botellas americanas. Se ve trabajar a los sopladores.
- Dónde
- Fukuji 169, Itoman, Okinawa
- Cómo llegar
- En coche desde Naha, unos 30 min hacia el sur
- Entrada
- Gratuita
- Web
- ryukyu-glass.co.jp
Castillo de Nakagusuku
Seis recintos y murallas de caliza coralina con tres técnicas de cantería visibles. En sus excavaciones apareció un taller de forja.
- Dónde
- Ōgusuku 503, Kitanakagusuku, Nakagami
- Horario
- 8:30–17:00 · hasta las 18:00 de mayo a septiembre
- Entrada
- 500¥ (3,05€)
- Aparcamiento
- Gratuito
- Web
- nakagusuku-jo.jp
Museo Prefectural de la Paz
La batalla contada desde los habitantes, con más de 140 testimonios escritos. Al lado, la Piedra Angular de la Paz.
- Dónde
- Mabuni 614-1, Itoman, Okinawa
- Cómo llegar
- En coche, 30-40 min desde el aeropuerto de Naha
- Horario
- 9:00–17:00 · último acceso a la permanente 16:30
- Entrada
- 300¥ (1,83€)
- Web
- peace-museum.okinawa.jp
Mercado Makishi
Compras el género abajo y te lo cocinan arriba, pagando aparte la preparación. Reabierto en 2023.
- Dirección
- Matsuo 2-10-1, Naha, Okinawa (〒900-0014)
- Horario
- 8:00–22:00 · últimas comandas a las 20:00
- Cierre
- Cuarto domingo de cada mes, salvo diciembre
- Teléfono
- 098-867-6560
- Web
- makishi-public-market.jp
Monorraíl Yui Rail
El único ferrocarril de la prefectura. Enlaza el aeropuerto con Naha y con la estación de Shuri.
- Recorrido
- Aeropuerto de Naha ↔ Tedako-Uranishi · 19 estaciones, 37 min
- Billete
- De 250¥ (1,52€) a 390¥ (2,37€) según distancia
- Pase de día
- 1.000¥ (6,09€) · válido 24 horas desde la compra
- Web
- yui-rail.co.jp
Datos verificados con fuentes oficiales japonesas. Horarios y precios pueden cambiar; conviene confirmar en la web oficial antes de viajar. Las conversiones a euros son orientativas y dependen del cambio del día (en torno a 1.000¥ ≈ 6,1€).
